martes, 26 de noviembre de 2013

"EL POETA Y LA CIUDAD"


Hace unos años el profesor Dany Rodas de la escuela de post grado de la Universidad Mayor de San Marcos me alcanzó esta monografía sobre mi obra. El texto estuvo perdido durante varios años. Lo acabo de recuperar y lo comparto con ustedes (al menos la primera página). A la vez, reitero mi agradecimiento a DR y, en nombre de él, a todos los que estudian la poesía en mi país. Ya son varias tesis sobre mi trabajo literario, espero, algún día, leerlos en formato de libros.
Un abrazo,
r

sábado, 23 de noviembre de 2013

IDENTIKIT


Entre la carátula de la revista peruana Camión de ruta nro. 11 correspondiente al año 1997 y la carátula de la película  norteamericana Déjame Entrar (Let Me In)estrenada en 2010 (versión del film sueco Let the Right One In)  encuentro un notable parecido. Ciertamente, el rostro mestizo captado por el fotógrafo José Orrillo en los años noventas y el rostro actual de la actriz Chloë Moretz corresponden a dos morfologías y fenotipos diferentes (por ejemplo, es notoria la diferencia de la nariz aguileña de la peruana); pero que, dado los ángulos, las sombras y la intención del fotógrafo en cada caso, nos entregan casi un único mensaje: la soledad, la tristeza, la búsqueda y la incertidumbre.
Sirva también esta nota para recordar que la revista CDR fue dirigida con mucho tesón por mi viejo amigo, el poeta Tomás Ruíz (1968- 2001), y en aquel número antológico aparecen textos de Lizardo Cruzado, Dante Castro, David Novoa, Manuel Baquerizo, Willy Gómez, etc., y unos poemas y entrevista de este servidor.

PD: Próximamente postearé las reseñas de Let Me in y su original Let the Right One in.


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jueves, 21 de noviembre de 2013

Palabras de Héctor Ñaupari en la presentación del libro Escrito en los afluentes, de Miguel Ildefonso en el Cholo Bar de Barranco 31 de octubre de 2013




Aunque no lo parezca, la vida confiere – a quienes se arriesgan, claro está, según el dístico de Virgilio, la fortuna favorece a los audaces – segundas y hasta terceras oportunidades, o excepcionales privilegios. En mi caso, uno de los mejores honores que se me ha otorgado es el de compartir la amistad del mejor poeta peruano contemporáneo, Miguel Ildefonso. Y de haberlo hecho siendo jóvenes, velando nuestras primeras armas literarias, en el recorrido febril de esta ciudad babilónica, formando parte de esa tribu poética llamada simplemente Neón, en bares paradigmáticos como Las Rejas, La Catedral, el Queirolo, Mammalia, o en las diversas Universidades donde leíamos nuestros poemas aurorales, y exorcizábamos con nuestros versos la hecatombe que era en esos momentos el Perú. Años, distancias, cercanías, pérdidas, libros y premios vieron crecer mi admiración y fortalecer la amistad con Miguel, “el mejor de nosotros”, como alguna vez señalé. Contemplar el crecimiento de un creador, verse posicionado entre el público que asiste a su madurez, que lo advierte y aplaude, es algo excepcional. Llegados a nuestro ser adultos, leer o escucharle recitar los poemas de Canciones de un bar en la frontera, Las ciudades fantasmas, MDIH, o Los desmoronamientos sinfónicos, me ha permitido comprobar lo que en las tardes o noches incandescentes de los años iniciales de los noventa intuía: la suya era y es una poética arrobadora, genial, urbana e histórica al mismo tiempo, como una síntesis viviente, hecha con el nervio único del que sabe narrar en poesía, capaz de trascender incluso sus propios referentes y así, hallar una voz propia, singular, decantada como el mejor vino. Y hele aquí con Escrito en los afluentes, obra que ha merecido el Premio Iberoamericano de Poesía Juegos Florales de Tegucigalpa 2013, que se añade a merecidas e importantísimas preseas como el Premio Copé de Poesía, el Premio Nacional PUCP, por citar dos de las más reconocidas. Miguel Ildefonso me ha dicho muchas veces –o lo ha declarado otras tantas – que dejará de escribir poesía, tarea que al creador auténtico supone terrible sacrificio: la de dejar, pulgada tras pulgada, la piel, el alma, el corazón agrietado de latir, en una pelea que se sabe de antemano perdida. Su más reciente libro – me resisto profundamente a decir que será el último de poesía que Ildefonso escriba – no nos deja indemnes ni indiferentes: en tiempos como éstos, de indolencia masiva producida por la tecnología, nuestro autor responde y alcanza una soberbia madurez, se hace un poeta de este mundo, un poeta en tiempo real: ciudades alejadas se acercan en la intimidad de sus versos, y éstos son más cercanos con sus reflexiones, los poetas del Medioevo, del XIX y del XX se confunden como amigos nuestros, con héroes antiguos y cantantes modernos, con animales dolientes y más poemas suyos. Los afluentes en los que ha escrito su obra llegan al centro de todo, hacen al mundo uno y a las historias una sola historia. Y allí lo dejo, para escucharlo, como antes, como ahora, como siempre. A mí no me queda duda: seguirá escribiendo, pues, como supimos cuando éramos jóvenes y fieros, escribir y vivir son uno y lo mismo. ¿Qué haremos entonces, Miguel, cuando el destino nos alcance? Darle cara, cual un Danton ante sus jueces, y decir como él: “nous faut de l'audace, et encore de l'audace, et toujours de l'audace”, necesitamos audacia, y más audacia, y siempre audacia, como de la poesía de Miguel Ildefonso. 

Muchas gracias.  

Héctor Ñaupari

miércoles, 20 de noviembre de 2013

MONCULTIVOS EN SAN MARTÍN: ¡MI CHACRA POR UN SMARTPHONE!/ ENVÍO DE RAFAEL INOCENTE

Monocultivos en San Martín: ¡Mi chacra por un Smartphone!

Ideele Revista N° 234
Número de lecturas: 131

(Foto: inforegion.pe)
El autor nos acerca a la otra cara de la moneda del boom de los cultivos alternativos en la región San Martín.
He regresado al departamento de San Martín después de más de 20 años. Muchas cosas han cambiado en San Martín y en Tarapoto en estas dos décadas. La irrupción del capitalismo de alta intensidad y del llamado modelo de desarrollo alternativo (con cultivos como el café y el cacao principalmente), promovidos por la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) con el fin de erradicar los cultivos de coca, se corona con la descomunal presencia de motos lineales y mototaxis, que seguramente duplican a las 150 mil almas tarapotinas. Que una ciudad infernalmente comercial como Tarapoto posea solo dos parques es sintomático del crecimiento metastásico de la llamada Ciudad de Las Palmeras, hoy reconvertida en una jungla de cemento. Que en un departamento considerado como el de mayor crecimiento económico en el Perú ocurran diariamente atracos en las principales vías, como Tarapoto-Yurimaguas-Moyobamba, es sintomático del caos en que dejan al departamento de San Martín las gestiones del hoy premier César Villanueva. Aparte de la Plaza de Armas, solo el bonito Parque del Barrio de Suchiche forma un relicto a salvo de la grosería de los remedos de malls capitalinos, multicines, casinos, discotecas, ‘chupódromos’ y pizzerías que harían las delicias del cocinero Acurio.
Pero San Martín no solo es Tarapoto. Es en las 10 provincias de San Martín donde sobrevive todavía la esperanza de un verdadero desarrollo para la región.
Los cultivos alternativos
El concepto “desarrollo alternativo” (DA) tiene aproximadamente 30 años. Se comenzó a aplicar en la región del Chapare en Bolivia y, en la década de 1980, también en el Alto Huallaga (Perú) y la Bota Caucana de Colombia. Las Naciones Unidas lo convirtieron en un concepto oficial en junio de 1998, durante su Asamblea General, entendiéndolo como parte de una estrategia más global de lucha contra las drogas.
En realidad, no existe un solo enfoque para el DA, sino muchos. Así, la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) enfatiza la asociatividad de los pequeños agricultores y el mayor valor agregado de los productos agrícolas; la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) hace hincapié en un enfoque de mercado, servicios sociales y obras de infraestructura complementarias; la cooperación alemana (Programa de Desarrollo Alternativo de Tocache y Uchiza - PRODATU) destaca la industrialización de los productos agrícolas, la formalización de los pequeños agricultores y el financiamiento; la Comisión Nacional para el Desarrollo y Vida sin Drogas (DEVIDA), organismo rector de la lucha contra las drogas en el Perú, privilegia un enfoque integral, que incluye la sostenibilidad social y ambiental.1
Veamos ahora la realidad.
El cacao
Es sorprendente y contradictorio analizar cifras socioeconómicas2 en las provincias sanmartinenses en donde se han implantado los cultivos alternativos: los índices de desarrollo humano (IDH)3 de las principales provincias productoras de cacao son similares, e incluso inferiores, a los IDH de lugares como Papúa Nueva Guinea, Honduras, Guatemala o Haití. Por otro lado, ni uno solo de los países productores de cacao (Costa de Marfil, Ghana, Camerún y Nigeria en África; Indonesia y Malasia en el sudeste asiático; Brasil y Ecuador en Sudamérica) ha logrado dar el salto hacia el soñado “desarrollo” que pretenden quienes promueven los monocultivos y la inclusión social.
En la economía sanmartinense el sector agricultura es el más importante, pues aporta 30% del PBI y genera hasta un 46% de empleo. Actualmente, según cifras oficiales, San Martín se ha convertido en la primera región productora del país en los siguientes cultivos: palma aceitera (79% de la producción nacional), cacao (33%), arroz (19%), café (19%) y algunos frutales. Según el Instituto Nacional de Estadística e Informática, San Martín es la región que más ha reducido la pobreza en todo el país: en el periodo 2001-2010, ésta bajó de 70% a 31%. En términos económicos, el PBI regional ha crecido a un ritmo de 7% anual durante los últimos 10 años, siendo una de las regiones responsables del magnífico crecimiento nacional de 6% anual, el más alto de América Latina. La región, según información de Centrum de la PUCP, ha mejorado en cuatro de los cinco pilares de la competitividad: economía, gobierno, personas e infraestructura.
Este tipo de estadística es parte de la información que induce a los ciudadanos a creer que somos buenos porque exportamos mucho. Mucha palma aceitera, mucho cacao, mucho pescado o mucha pota. Nos enorgullecemos de ser grandes exportadores. Es parte del cuento que se nos han hecho creer.
Más allá de las cifras impactantes que los medios constantemente publican, no se dice cuánto gana el Perú y la población por la exportación de tal o cual recurso natural o producto cultivado en tierras o bosques vírgenes adjudicados sospechosamente a empresas privadas, bosques que han pertenecido a todos los peruanos.
Sabemos que el exportador recibe la devolución del IGV pagado en el proceso de transformación y, además, se lo incentiva con un porcentaje de lo exportado, denominado drawback. Queda un poco de impuesto a la renta de tercera categoría neto. Esto en cuanto a beneficios económicos.
Pero ¿qué hay del mercado interno? Así como se atiende al mercado de consumo extranjero, ¿cuánto de lo cultivado en San Martín se destina a atender a las poblaciones marginales del país, de la sierra, de las ciudades del interior del Perú? ¿Qué hace el empresario por servir a esos mercados? ¿Y el Estado?
Resulta justo entonces preguntarse: ¿Quiénes se han beneficiado durante todos estos años con el dinero generado por los llamados “cultivos alternativos” en San Martín? Es información pública que de las 8 principales cooperativas productoras de cacao, solamente una vende su producto directamente al extranjero. Las demás lo hacen localmente y en forma de grano, sin dar mayor agregado al valioso producto, a través de intermediarios oriundos de Lima, con lo que pierden el incentivo del drawback por el cual retorna el IGV.
Y no es que no haya sacrificados productores cacaoteros cuyos rendimientos y productividades tengan altos estándares de calidad. No. Es que no se trata tan solo de promover las cadenas productivas bajo el modelo de desarrollo alternativo, donde lo único que importa tras el paquete asociado al rendimiento y la calidad es el dinero ocasionalmente inyectado por la entidad cooperante. Entonces, ¿cuán beneficioso es el llamado “modelo San Martín” y a quién o quiénes realmente beneficia? Cabría preguntar además, a los artífices y defensores del modelo: ¿Se ha realizado una verdadera evaluación socioeconómica que parta de analizar la rentabilidad en la finca del productor con un criterio verdaderamente técnico? Si esto se hiciera, se encontraría que la gran mayoría de agricultores cacaoteros, con la baja productividad de sus cultivos y con la abrumadora venta local en grano del cacao, están trabajando en franca pérdida.
Paradójicamente, encontramos empresas transnacionales, como el fondo de inversiones británico Armajaro Trading Limited, que constituyen subsidiarias y ONG en el Perú para promover el cultivo y la compra en grano de cacao, estrategia que estaría anulando la posibilidad de los productores locales de organizarse y exportar directamente y que, a su vez, estaría generándole a esta transnacional, a través de su subsidiaria en el Perú, el derecho a percibir el drawback, incentivo financiado con fondos de todos los peruanos.
Armajaro es un fondo de inversiones famoso por haberse hecho de multimillonarias ganancias en países africanos mediante operaciones especulativas en cacao y café. El año 2010 cortó el flujo de cacao desde Costa de Marfil durante varios meses, para lo que contó con la complicidad del gobierno de ese país y de los países occidentales, en especial Francia. El 2010, un tipo llamado Anthony Ward, apodado Chocfingers (Dedos de Chocolate), creador del fondo de inversiones Armajaro, gastó nada menos que 1.000 millones de dólares (unos 700 millones de euros) en comprar 241.000 toneladas de cacao marfileño, el 7% de la producción anual mundial, que estaban aún por recogerse, y así obtuvo luego multimillonarias ganancias.4
Más allá de las cifras impactantes que los medios constantemente publican, no se dice cuánto gana el Perú y la población por la exportación de tal o cual recurso natural o producto cultivado en tierras o bosques vírgenes adjudicados sospechosamente a empresas privadas, bosques que han pertenecido a todos los peruanos

La deforestación galopante
No es difícil comprobar que los monocultivos mencionados —y, peor aún, la palma aceitera, la soya transgénica y el piñón, vinculados indefectiblemente a los agrotóxicos— generan un grave déficit en la producción de alimentos: un jugo de naranja en Tarapoto cuesta entre 1,5 y 3 soles, un jugo de papaya no baja de 3,5 soles, y así por el estilo. Este modelo de desarrollo promovido por USAID, por el Gobierno Central y el Gobierno Regional, conduce a la pérdida, tal vez irreversible, de la biodiversidad, a la degradación de tierras y a la deforestación y progresivo envenenamiento de cultivos de panllevar como el maíz, los frijoles, las hortalizas y los frutales.
Actualmente San Martín tiene la tasa de deforestación más elevada del país,3 con 57 mil hectáreas degradadas anualmente. Según información recabada en la zona, la deforestación ocurre a razón de 1 hectárea/motosierrista/día. Antecedentes tan graves e indignantes como la adjudicación de más de 8 mil Ha de bosque virgen en el distrito de Barranquita (provincia de Lamas) a la empresa Palmas del Espino, del Grupo Romero; la concesión de casi 25 mil Ha de bosques primarios en los límites entre San Martín y Loreto en el año 2009, también al Grupo Romero, y la muy probable adjudicación de más de 100 mil hectáreas a empresas malayas de un solo dueño, configuran la dramática situación de los bosques primarios en la Amazonía peruana, merced a los cultivos alternativos, pues el remedio resultó peor que la enfermedad: si con la coca en su mayor esplendor se deforestaron 30 mil Ha, con cultivos como la palma aceitera, destinado a elaborar biocombustible, y el café y el cacao, la deforestación es aún más infame e impune.
Frente a esta situación, nos preguntamos: ¿No sería más conveniente desarrollar capacidades en productores organizados ahora que está tan en boga la asociatividad y la competitividad para que los productores exporten directamente su producto, aprovechando el incentivo que nuestro país otorga? En las cooperativas productoras se sabe que el fondo de inversiones Armajaro cuenta con un “brazo social”, una ONG que muy probablemente pueda utilizar recursos públicos como los que ofrece el Estado peruano (Produce) para promover el cultivo de cacao.
Como es evidente, existiría un despropósito en las estrategias nacionales, pues los recursos tan inteligentemente puestos a disposición de los productores para desarrollar competitividad y exportación directa podrían desviarse hacia transnacionales aureoladas por la infamia y cuyo único objetivo es conseguir el cacao en grano sin valor agregado y, además, aprovechando el incentivo del drawback.
El café
En el caso del café, frente a la temible plaga de la roya que arrasa con cultivos en la Amazonía, el pasotismo del Estado peruano es sublevante. Al fraude del café orgánico, cuya agricultura exige más pesticidas que el café sin certificación orgánica, se suma la nula investigación sobre el cultivo. Hace muchos años que en el Perú no se generan nuevas variedades de café, pese a existir —en Brasil, por ejemplo— variedades de alto rendimiento y resistentes a la roya, tal como lo manifiesta el ingeniero agrónomo e investigador multidisciplinario Daniel Vecco, director de Urku Estudios Amazónicos. En el año 2000, en un acto inexplicable, el Instituto Nacional de Investigación Agraria (INIA) desestimó un gesto de buena voluntad del entonces investigador del IAPAR de Brasil, Amador Villacorta, peruano radicado por esos lares, para introducir esas variedades; mientras tanto, las solicitudes de las organizaciones de caficultores de San Martín a los gobiernos nacional y regional para que se introduzcan estas especies de café resistentes a la roya se apolillaron durante años en alguna oficina del gobierno, y así se perdieron millones de soles por los efectos de la plaga.5
Hace más de 20 años, la Agencia contra las Drogas (DEA) de los Estados Unidos arrojó el herbicida cancerígeno Spike y diseminó una raza del hongo Fusarium oxysporium para acabar con la coca. Hoy financian la investigación para desarrollar organismos que le hagan frente al daño causado por ellos mismos.
¿Y la gente? ¡Mi chacra por un Smartphone!
Como corolario de este tipo de desarrollo alternativo, la siguiente historia grafica la asimetría en las relaciones y las pequeñas fortunas que puede amasar cualquier fenicio avispado en la Amazonía. Junior Urtecho Huarocc es un chimbotero sabido, un trotamundos que recorría el Perú de cabo a rabo llevando baratijas para mercarlas en los pueblos alejados de las principales urbes. Cuando llegó a Tarapoto, por probar, pidió 700 soles por un celular chino doble chip (pero con el logo Samsung) a un cacaotero embelesado por los productos high-tech. El cacaotero acababa de realizar una venta de cacao en grano a una conocida empresaria chocolatera de Lima y la billetera pesaba en su bolsillo. Pagó sin chistar por el celular que a Junior le costó 70 soles en Las Malvinas y le pidió dos más para su esposa y su hija de 12 años de edad. Junior Urtecho viajó a Lima y retornó al cabo de una semana. Un mes después había logrado colocar, solamente en Tarapoto, 150 celulares chinos doble chip (pero con logo de marca) a un precio que oscilaba entre los 700 y los 1.600 soles. Hoy tiene 12 puntos de venta de celulares en Tarapoto, Lamas, Yurimaguas y un terreno inundado de 10 Ha donde sobrenadan decenas de árboles de camu-camu, que un yurimagüino atónito trocó por un Sony X-peria de 5 mp.
Entonces, un análisis somero de las cifras de ventas de teléfonos celulares, motocicletas, televisores pantalla plana, equipos estereofónicos, ropa china re-etiquetada en Chile, versus la cantidad de jóvenes que abandonan los campos en las provincias productoras de cacao y café, seducidos por el oropel de los malls y video-pubs, arroja un panorama desolador para cualquiera que pretenda un auténtico desarrollo del departamento de San Martín.
Más dramático aún: la inmensa mayoría de muchachos cautivados por la urbanización y empujados por la deforestación progresiva se ven sometidos a un tipo de desarrollo que corroe los conocimientos ancestrales de las comunidades locales y destruye las bases mismas de la identidad histórica de los pueblos precoloniales de la Amazonía.
Así, la debilitada identidad étnica de las comunidades de San Martín pierde piso frente a la agresiva política expansiva de las corporaciones (que no tienen bandera).

viernes, 15 de noviembre de 2013

TRAVEL BY COMBI, MI COLUMNA PIRATA EN 'LIMA GRIS'

Foto: RPP

(Sobre la nueva modalidad de almorzar dentro de la combi)

Para todo limeño, transportarse en micro o combi es una aventura, una osadía a la que hay que someterse todos los días per secula seculorum. No obstante, a pesar de los viajes sobre verdaderos cráteres lunares y pistas “matacarros”, lo más importante −como si uno fuera Jonás y hubiera sido tragado por una ballena− sucede adentro, en la panza de la aeronave, un lugar donde siempre hay sitio al fondo y donde confluyen todas las razas arguedianas, todos los estratos psicosociales, culturas, subculturas, anticulturas, LGBT y lumpen proletariat, que, como el gato, el perro y el pericote de san Martín de Porres, están juntos por un tiempo, obligados por las circunstancias, el cruel destino o la mano divina. Pare, cruce, combi.

Lo primero, aparte de estar pensando en cuidar la billetera o la cartera, uno tiene que estar al tanto de lo que pueda suceder intempestivamente. A la gran gama de vendedores que suben con sus productos (“golosinarios”), con el florilegio de “Recién he salido de la cárcel”, “Me acaban de asaltar”, “Me atropellaron y me dejaron tirado”, “Mi hijo está en el hospital y tengo que comprar todo lo que dice esta receta”, etc., etc., se suman las diferentes actividades que los pasajeros tienen a bien cumplir a vista y paciencia de todos. Entonces, satisfaciendo las ansias de cualquier voyeur, nos encontramos con mujeres que se depilan las cejas con el espejito entre las piernas o que se pintan los labios tanteando las frenadas del armatoste. Los hay también quienes leen el periódico o el libro (la Biblia sigue siendo la constante a pesar de los tiempos infernales) haciendo anotaciones, trazos o subrayados cuneiformes; o los colegiales o universitarios que hacen la tarea a último momento enviando mensajitos por el celular, corroborando la información, tratando de que el trabajo concluido dé la sensación de una severa amanecida, ataraxia o borrachera intelectual.
Hay otros que usan la combi como oficina y hacen llamadas atribuladas con voz ampulosa tratando de simular que están en un gran recinto amoblado, con ventanas catedrales, aire acondicionado, con café exprés, capuchino y/o secretarias fantasmas y personal de servicio; por ello, reniegan cuando alguien tose o está sosteniendo una conversación con otro pasajero; y se infartan si en ese preciso momento les cobran el pasaje (“Pasae, pasae”). No obstante, eso ya está siendo rutina y ahora lo que se ve, cada día más seguido, es gente que sube con sus táperes y se pone a fagocitar sus alimentos en combis o buses atestados de pasajeros y con el añadido de las ventanas cerradas y el humo del motor filtrándose por todas las rajaduras y agujeros posibles y convirtiendo al recinto en un neoAuschwitz, mientras en la radio de la cochambrosa batinave suena una estridente tecnocumbia, un hip hoper se desgañita en el parlante o Abanto Morales cruza el dial y el semáforo en rojo: “No me compadezcas, compadre”.
En esta curiosa modalidad de “bitute” o “cocina novoandina al paso” que sucede en el transporte urbano, los hay quienes todavía preservan su etiqueta a lo El dedo meñique o Manual de Carreño y, entonces, sacan un pañuelo o pañoleta y lo ponen entre los libros, cuadernos, maleta o lo que haya; sacan un sachet de ají, kétchup o mayonesa, desenrollan la cuchara de plástico de su funda de servilleta y empieza la hora de la comilona. Nunca faltan los clasemedieros (o los que creen serlo) que empiezan a mandar miradas indiscretas, sudan copiosamente, salivan a lo Pávlov, se indignan ante el gastroespectáculo de frejoles con arroz o arroz chaufa y abren las ventanas de par en par. Una vieja apitucada con bolsas de Wong o Vivanda ensaya una arcada; una señorita escort prefiere mirar a un costado sabiendo que el olor de la comida le avinagra el perfume barato; y un señor delicado, totalmente impoluto, se lleva la mano en pinza a la nariz, mientras el cobrador sigue arreando al ganado, arrojando carne al molino, inflando la panza meteórica de la ballena.
También están las familias proletas que no tienen tiempo para nada y tienen que transportarse de un trabajo a otro o ganarle horas al día mientras el valioso tiempo se les va entre la casa y el lugar de trabajo-empleo-esclavitud (de Comas, kilómetro 22, al Centro de Lima hay casi dos horas de distancia; lo mismo que hay de Puente Piedra a la avenida Alfonso Ugarte). Entonces ocurre lo inevitable: siempre buscan los sitios del fondo para esquivar cualquier incomodidad −más para ellos, se entiende−, pero cuando no hay, se acomodan en los diferentes lugares que encuentren en el pasadizo o parados ahí mismo. Total, para satisfacer el hambre no hay posición ergonómica que valga y la vergüenza o delicatessen termina siendo una expresión protoburguesa ajena a la realidad. De este modo, Mamá Grande o Pelagia, la madre, de Gorki, la cabeza del hogar, quien a pesar de todo intenta que la familia siga siendo familia, reparte los táperes, las cucharas, la zarza de cebolla, y el bus se convierte en un restaurante sobre ruedas, en un momento de sosiego y reposición de energías para lo que queda del día. La clase trabajadora tiene derecho a sentarse a comer y departir en familia y disfrutar de tiempo de calidad, no importa que esto suceda dentro de una combi… Hasta que una frenada aparatosa metamorfosea la aparente calma y armonía en la Destrucción de Guernica de Picasso o en El triunfo de la muerte de Brueghel. La comida vuela por los aires en cámara lenta y el arroz o los tallarines van a parar a la cabeza de un calvo o en el push up de la señorita escort, y se arma el pandemónium, los gritos de valkiria, la semilla de las grandes revueltas, rebeliones y revoluciones que han sucedido en el mundo y que empezaron en algún lugar de la barriga cuyo nombre no quiero acordarme. Por eso Buda tenía razón al mirarse el ombligo, obnubilado y estragado, diciendo “Om en posición de mudra con los dedos retorcidos. Y, por ello mismo, el fascista Manuel Azaña ordenó disparar directamente a la barriga a los anarquistas en plena revolución española.
El bus ballenero sigue avanzando, como una bestia descarrilada, engullendo todo lo que encuentra a su paso: empleados, obreros, charlatanes, mendigos, visitadores médicos, rateros, pirañitas, canillitas, rascadores de latas, saltimbanquis, recurseros, maquineros, etc., etc. Finalmente, como no lo pudo advertir Sloterdijk en sus tres Esferas ni como no lo pudieron prever los grandes chefs del boom gastroenterólogo: una digestión ocurre dentro de otra digestión.
Pare, cruce, combi.
“Pie derecho”.

jueves, 14 de noviembre de 2013

“No todas van al Paraíso” de Rafael Inocente: Paraísos artificiales en una sociedad infernal. Envío de Arturo Delgado Galimberti.

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A fines de los años ochenta, en los estertores del rock subterráneo, desde las canteras menos contaminadas con el statu quo, surgió una banda que tomaba su nombre del seminal grupo australiano de punk-noise Nick Cave and The Bad Seeds: Semilla Nociva. Uno de sus integrantes más inquietos y esforzados, Rafael Inocente, quien alternaba jornadas de bohemia en el jirón Quillca con sus clases de zootecnia en la Universidad Agraria La Molina, sorprendería una década después con una novela elogiada por el escritor Miguel Gutiérrez en su libro en ensayos El pacto con el diablo.

Rafael Inocente pertenece a la estirpe de escritores comprometidos, para quienes la literatura debe develar las contradicciones sociales y, asimismo, cuestionar y desenmascarar los mecanismos perversos del poder. Este afán militante por la denuncia social la expuso con beligerancia en su ópera prima La ciudad de los culpables, novela de intención polifónica en la que la narrativa urbana ligada al realismo social se codeaba con la virulencia panfletaria, el epistolario y la anécdota autobiográfica.

No todas van al Paraíso (Altazor, 2013) es su segundo libro publicado individualmente. Lejos de constituir una nueva colección de cuentos antes inéditos, la mayoría de relatos incluidos ya fueron publicados previamente, ya sea en libros antológicos (“Piel de Merluza” figuró en el libro  Mar de alucinados. Historias de pescadores, en donde compartía créditos con Julio Ramón Ribeyro y Óscar Colchado, entre otros importantes autores); en revistas especializadas (“Mi patria en mis zapatos” apareció en la revista Wifala), o en el libro-manifiesto Discursos contra la Bestia Tricéfala, junto con Ybarra y Delgado Galimberti (“No todas van al Paraíso”).

Por tanto, la publicación de esta colección no inédita de cuentos, revela un notorio interés de parte del autor por ordenar la propia obra cuentística, a partir de una criba personal que otorgue al conjunto un sentido unitario, a pesar de la diversidad temática y estilística. La idea-fuerza que sirve para nuclear los cuentos de No todas van al Paraíso es el desencuentro social, los abismos culturales y clasistas que aún perviven en la sociedad peruana, como reinos y mundos que se repelen en un solo espacio-tiempo, de modo que estos desencuentros entre los diversos sectores que habitan una comunidad se presentan como verdaderas travesías existenciales para los protagonistas, cuando no como una ofensa secular que debe ser vengada.

En “Un viaje espectral” el pescador vive su recorrido en un ómnibus interprovincial como una aventura fantasmagórica, aterrado por la apariencia lóbrega de los pasajeros al mirar la televisión. En el cuento se contraponen dos mundos que a la vez delatan dos esferas de lo humano. Por un lado, al inframundo de los muertos en vida, con sus almas “robadas” por los programas televisivos heredados del fujimorismo, pertenecería lo subhumano, una subespecie anulada de cualquier facultad cognitiva por medio de la frivolidad mediática; por otro lado, al mundo de los aún vivos, o mejor dicho, de los sobrevivientes, pertenecería el hombre conectado con la naturaleza, como el caso del pescador protagonista, inmune al macabro entorno de los seres ultraterrenos del ómnibus.

La alegoría del cuento es clara y se podría aplicar, si se hiciera un simple ejercicio de analogía, a otras ficciones del libro. A partir de esa lectura, tras el primer nivel de desencuentro entre los personajes –social, cultural, clasista o étnico–, subyace un nivel más profundo, que confrontaría lo humano contra lo que no lo es o dejó ya de serlo. Un ejemplo inverso, pero no contradictorio con esta visión, sino que en última instancia la refrenda, es el cuento “Érase una vez Abril”, que relata la odisea de un perro ovejero al ser vendido inconsultamente por la madre de su pequeño dueño y migrar a la ciudad. En este relato las cualidades humanas son adjudicadas casi enteramente al humilde y fiel animal; en cambio, la inhumanidad es la característica esencial de la mayoría de las personas que lo rodean en su recorrido vital. Sin embargo, a contrapelo de “Un viaje espectral”, que culmina en una escena de extrema violencia, las peripecias de Abril, el perro, tienen un final no tan trágico ni mucho menos violento: en la antesala de su muerte, el reencuentro con su antiguo dueño es un momento apacible, que parece restablecer cierta armonía y justicia en la dramática historia del tierno animal, y sirve de colofón a uno de los relatos más entrañables que hemos leído de Rafael Inocente.

A la par de la historia del migrante canino, “Mi patria en mis zapatos” narra la migración forzosa, producto de la leva, de un andahuaylino a Lima, en donde tras renunciar al Ejército decide trabajar de cargador en un mercado. Víctima de un malentendido (es la época de la guerra interna, los rastrillajes, la paranoia ciudadana y la caza de brujas institucional) Indalecio es confundido con un “terrorista” en un operativo y encarcelado en el pabellón de los presos de Sendero durante quince años. Atrapado en una suerte de historia circular, tras su liberación, en la era post-Fujimori, Indalecio pronto volverá a ser acusado debido a un antiguo expediente. El narrador-personaje, un periodista independiente dedicado a la investigación de violaciones de derechos humanos, no solo describe los acontecimientos de Indalecio, su amigo fortuito, sino comenta y razona las conductas y juicios de todos los personajes involucrados, así como opina sobre los diferentes contextos en que se desarrolla la historia; de este modo, en el cuento se ofrecen evaluaciones sobre el rol de la CVR, los estragos de la guerra y la responsabilidad compartida de las fuerzas beligerantes, y hasta el supuesto apogeo económico del que gozaría la población en la actualidad. Pese a esa intromisión del narrador en la historia, “Mi patria en mis zapatos” logra captar el interés del lector y es un buen ejemplo de la destreza narrativa de Inocente.

Otro de los puntos altos del libro es el breve cuento “Piel de merluza”, narrado con un halo de misterio, que recuerda por momentos los cuentos de atmósfera de Machado de Assis. De nuevo hallamos la contraposición entre seres de dos mundos: por un lado, un par de viejos señoriales de Paita, de apariencia fantasmal, y por el otro, dos muchachos pescadores de merluza, con sus “torsos color de la tierra”, quienes son los llamados a ser los vengadores de un ultraje de siglos, prolongado en el racismo incontinente de los ancianos. “Piel de merluza” está escrito con una prosa relevante y es, sin duda, digno de figurar en cualquier antología del cuento peruano de la última década.

Menos convincentes resultan “Un huayno” y “Una historia clínica”, en los cuales se aprecian exabruptos ideológicos. En “Un huayno” dos universitarios dialogan en un bar sobre el baile del huayno mientras intentan flirtear con dos muchachas, contraponiendo sus gustos a los demás comensales, lo cual genera una trifulca con dos “matones” que intentan restablecer el orden del bar al poner música salsa. Si bien en “Un huayno” hay un marcado interés reivindicativo de una cultura postergada, la antinomia andino (huayno) versus acriollado (salsa) se resuelve en el cuento en la tradición machista urbana: la demostración de la superioridad y de la galantería a través de la fuerza. En “Una historia clínica” la matrícula en un colegio no estatal de su hija, es para un médico el símbolo de la traición y la desilusión sobre la integridad de su mujer y, a la postre, significa su decadencia vivencial. En el texto subyace la idea de que la cultura y el entretenimiento, la educación y el confort, la inteligencia y la avaricia, son irreconciliables y problemáticos; el problema no resuelto, sin embargo, es si un médico de una clínica privada con semejantes divagaciones y aversiones a los colegios privados, incluso alternativos, no debería haberse cuestionado mucho antes su propio desempeño profesional.

El libro cierra con “No todas van al Paraíso”, que da título a la colección. En este cuento, a diferencia de casi todos los anteriores, aflora el humor y la sátira de manera desbordante. Aun así, el trasfondo de la historia no deja de ser dramático: retrata la fragilidad de una muchacha ante el dilema de conseguir un empleo o dejar sus estudios al no poder solventarlos. Ante esa disyuntiva, la protagonista, Carmela Sotomayor, ingresa al mundo de las anfitrionas, en donde poco a poco descubrirá, tras la superficialidad aparente, una realidad sórdida.

 En suma, No todas van al Paraíso de Rafael Inocente reúne un conjunto de cuentos escritos con buen pulso, con una mirada a veces agria, a veces mordaz, de la muchas veces infernal sociedad peruana. Resalta una mirada política del narrador, cuestionadora. Cuentos en los que, como diría el Vallejo de Poemas Humanos, “la cólera del pobre tiene un acero entre dos puñales”.

domingo, 10 de noviembre de 2013

POEMA CEMENTERIO/ Columna Pirata en la revista Lima Gris

El sentido de la pérdida es algo que a veces no tomamos en cuenta –o no lo hacemos a la medida que corresponde– en nuestras vidas diarias. A veces es momento de hacer memoria y hurgar en los recuerdos todavía frescos; detenernos a observar cómo cae la tarde en línea vertical, cómo se ahoga el aullido de los perros en una calle solitaria, o cómo la vida se va convirtiendo en esa imagen de catarata del Niágara que nos devuelve el espejo.

En mi caso, perdí a mi única abuela, a mi padre y a un hermano antes de cumplir los siete años. Crecí con mis circunstancias, impertérrito, herido de un ala, luchando contra mis pocas probabilidades de convertirme en eso que mi familia quería que yo fuera, y lo que brotaba de mis manos casi como lava ardiente o como la sangre de algún estigma: la palabra. Y, gracias a ello, creo que sobrevivo, sostenido en las muletas de la poesía, apoyado en la silla de ruedas del verbo, empujando esta pesada carreta que es la vida misma.
En la década de 1980, uno de mis hermanos, que era predicador religioso y pacifista vegano, recibió un disparo en la espalda y mis mejores amigos fueron víctimas de la insania policial y militar y la bestialidad de los gobiernos, que, en su afán de sofocar el descontento popular, lanzaron los cañones y la metralla contra el pueblo desvalido. Luego la guerra hizo lo que sabe hacer: matar, desaparecer, descuartizar, convertir en polvo el sueño de miles o millones de inocentes. Ante esta brutalidad sin parangón en la historia peruana, muchos jóvenes optaron por el suicidio o por sus variantes: una vida de excesos y sin luz de buhardilla, soma, catarsis y locura. Seguir perdiendo se hizo una costumbre para todos y para mí también.
Recuerdo los rostros de mis mejores amigos. Recuerdo la última vez que estuve con ellos hablando de pájaros rara avis, de caracoles, cornucopias, mancias; de lo que harían cuando acabaran sus carreras; de la pedida de mano que harían a sus enamoradas o del “sí” matrimonial, que ya estaba más que cantado entre todos los conocidos. Recuerdo, la última vez, que una hermosa y combativa compañera de estudios me dijo: “Ybarra, préstame tus apuntes, mañana te los traigo. No fallaré, no te fallaré”. Y luego, ella, que redactaba las noticias para un medio de izquierda, se convirtió en noticia: su cadáver estuvo en todas las carátulas de los periódicos.
Cuando este mundo se recomponía para desmoronarse otra vez y el fuego de panoplias se apagaba, me aferré a lo que llaman “amor eros-filia-ágape” y su finita eternidad. No me fue mal: amé las flores, los pájaros, el cielo y los atardeceres; ni siquiera me atrevía a matar a las arañas o a los insectos que corrían presurosos por las paredes de la casa. Tuve una docena de mascotas y un hermoso jardín en una casa rodhesiana. Me gustaba pasear por el mar y verla a Ella caminar por la orilla buscando un atrapasueños, baratijas o cualquier resto de algún posible naufragio. Una vez nos encontramos una botella con un mensaje y otro día nos dedicamos a limpiar cinco kilómetros de playa.
Pero mi ventura, a contracorriente de los cuentos de hadas, no duró mucho. Quedé viudo antes de los treinta años. Todavía recuerdo su cabello al viento y las palabras que yo debía pronunciar cuando Ella ya no estuviera. “No te preocupes por mí, yo estaré bien, siempre seré tu ángel de la guarda”, me dijo y desapareció en una tormenta de arena, agua, muñequitas de biscuit y cartas de tarot volando por todas partes.
Sé que he vivido rápido, se me apresuraron las fechas, un muerto me creció en el pecho y algún impostor cometió un crimen en mi nombre −perdón por mis primeros dicterios contra la máquina−, pero nunca me negué a hablar en voz alta, a gritarle a los muros alambrados de Jericó. Ni siquiera ahora en que, para ahorrarme cualquier explicación de yo-soy-otro, he puesto una fotografía de mi efímera infancia al fondo de la billetera.
Siempre intenté alcanzar mi mano al desvalido, dar mi voz a quien lo necesitaba y honrar a los que ya no están o no estarán. Por eso, cada vez que puedo, repaso los nombres de todos mis muertos y comprendo que yo soy y seguiré siendo una proyección de sus sueños. Mi palabra y el eco de mi voz vienen y van hacia ellos. Cada uno es todos. Y aun así, tengo que decirlo, el sentido de la pérdida es algo que se tiene que encarar con la fuerza de mil caballos moribundos. No hay más mensaje.
“Hoy se sufre y mañana se ríe”, me dijo un tío budista que se extravió para siempre en uno de los pasadizos del Hospital Obrero, mientras mi familia esperaba a que ocurriera un milagro, que se quedara un tiempo más en el mundo –¡este mundo que detestamos!–; pero los milagros no existen. Y otra vez, hace unas semanas, tuvimos que vestirnos de luto y seguir esperando a que amanezca mañana. Que amanezca ayer anteayer, o hace diez o veinte años atrás. Que amanezca antes de que termine de escribir este poema cementerio a los que ya no están.

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ROCK INDIGENTE (Reportaje publicado en la revista Lima Gris Nro 6)

A inicios de 1980 los vendedores de casetes y vinilos de rock se nucleaban pavorosos en la puerta de la universidad Villarreal, centro de Lima, avenida La Colmena cuadra 3. Ahí se encontraban diversos personajes que, como el streaking(*), esos  desnudos que asombraron la Lima postvietnam, poco a poco irían desapareciendo: el pescador Vicente Fu, un adolescente Ron Kin, el popular Borrego, el flaco Felipe, el Comegato, el Che Luján, el cholo Adrián, la gente de Bandera Negra, las Tombas, Mariella y Alipio o “Petete” entre otros que fueron recalando poco a poco, haciéndose un lugar en la escena subterránea de esos años de violencia política, apagones, inflación, crisis económica y desidia cultural.

Después de 30 años, esto es lo que queda de un grupo de fans, grouppies e impulsores de una música que ha convertido en multimillonarios, burócratas, representantes de gobierno y hasta en sir ha muchos de sus iconos. Total, los recuerdos se los lleva el viento o regresan precisos como un boomerang: “Para el último número les voy a pedir ayuda. Los de las entradas baratas, hagan palmas. Los demás, hagan sonar sus joyas”.

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El gordo Peña, viejo amigo y colaborador, viene a visitarme y me cuenta que se ha encontrado con Alipio, un antiguo vendedor de vinilos y casetes de la Colmena. Me dice que el hombre está en la ruina, ya no puede más, y me da las coordenadas cerca de la plaza Unión de Lima. Inmediatamente recuerdo el primer lustro de los ochentas cuando en ropa de colegio me acercaba donde estos señores desaliñados que ofrecían un apetitoso menú de música variada que iba desde el rock clásico, Led Zepellin, Buchman Turner Overdrive, Ten Years After, The Who, King Crinson, etc., hasta el más reciente sonido metálico de esa época, Black Metal de Venom, los Carnivore o Vulcano y el Warfare Noise brasileño, Chacal, Mutilator, Sarcófago, etc.
Fue Palma, un amigo de colegio, quien intercedió por mí ante Alipio para convertirme en su ayudante vendedor de discos en aquel verano del 83. Y ahí mismo, en una carreta azul sobre el que descansaba una desvencijada tornamesa, empezó una de las aventuras más interesantes de cómo convertirse en melómano recibiendo una paga por ello. El negocio de Alipio no era precisamente vender los vinilos –es más, siempre salía con una triquiñuela para no ofertar el disco y preservar la gallina de los huevos de oro–  sino copiarlos “en alta fidelidad” en casetes Maxwells, Sony o  TDK, y, si el cliente pagaba un poco más, la grabación podía quedar en una cinta de cromo de hora y media a la que se le agregaba un bonus track de regalo y se le rompían las lengüetas para preservar el valioso material.
Alipio era un tipo fornido, de mediana estatura y tenía un corte de pelo a lo carré que simulaba un casco, usaba siempre una raída casaca de cuero y lentes a lo Ray-ban o al de conductor de aeroplano que le daban un aire a algún personaje decadentista de Mad Max. Era bueno para los negocios, lo que se conoce como un gran ofertador o martilleante, y un gran conocedor del rock de los cincuentas, sesentas y setentas. Al atardecer, ponía a todo volumen el tocadiscos y empezaba la juerga, porque todas las noches era fiesta para Alipio y los amigos. Las bancas de madera colocadas al borde de la avenida La Colmena servían de descanso y tribuna para la ocasional platea que se quedaba hasta entrada la madrugada cuando los pirañas todavía respetaban a los transeúntes locales y cuando ese motociclista enmascarado –que en un par de años más fungiría de presidente de la república– todavía no se paseaba por ahí.
Recuerdo perfectamente esos bacanales de música y ron cuitado con emoliente, comida de carreta o al paso. Las largas conversas sobre música, arte y cultura popular y que casi siempre derivaban en política, porque la política era un artículo de pan llevar en las conciencias de esos años. El discurso quemaba en la boca de muchos y la lengua se descolgaba más de la cuenta. El decreto legislativo 046 de Belaunde Terry y el duro ministro de justicia, Felipe Osterling recién empezaba a escucharse relacionado con un caso de abigeos o de invasión extranjera que se irradiaba desde Ayacucho. El asunto concluía cuando Alipio en un arranque de histeria volteaba la carreta y los discos rodaban por la pista a la de Dios y había que recogerlos uno por uno y apaciguar al eufórico o eufóricos que casi siempre terminaban abrazados al pie de las escaleras de la universidad profiriendo palabras irreconocibles.
2

Llamo por teléfono a la fotógrafa Susana del Castillo Facho, quedamos en encontrarnos en un punto intermedio de la ciudad para acudir a una cita a la que no hemos sido invitados. Ella está en Breña y yo en Pueblo Libre. El camino es en línea recta, las líneas geodésicas o sinuosas las dejamos para después, así que no hay problema. El carro va por la avenida Brasil, bordea la plaza Bolognesi, sigue por la avenida Alfonso Ugarte, elude a unos perros vagabundos, a una tropa de gritantes de la academia Pedro Paulet, y recala a un costado de la plaza Unión, plaza proleta, rotonda provinciana donde todos miran con desconfianza y protegen sus bolsillos.
A mitad de uno de los puentes encontramos a un hombre sentado con una taza de plástico, tiene una pequeña ruma de vinilos y unos cuantos casetes. No me reconoce, después de treinta años, ya no queda nada del Alipio que conocí, seguro él afirma lo mismo de mí: no me reconoce. Me dice que le colabore, que le ayude, que está hasta las huevas, y le compro varios vinilos descascarados o rotos; mientras le pregunto por la gente de esa época, trato de hacerle la conversa, pero el hombre se siente molesto por la cámara fotográfica, le causa alergias. “No fotos”, me dice y se tapa la cara. “Aquí ha venido la gente de Lúcar y unos periodistas que hacen reportajes para canal 2 y los he tenido que botar. No me gustan las entrevistas. Qué es eso de estar preguntándole a uno por sus cosas. No me gusta nada”. Sí, Alipio, le digo, no te molestes. Por lo menos, me podrás contar qué fue de los otros amigos. “Sí, me dice. Te acuerdas de Felipe. Pobre Felipe. Se murió. Y Vicente, ese loco está con diabetes, se está muriendo, creo que le van a cortar las patas. Y el negro Rigo lo encontraron tieso en su casa. Ya ves amigo, de esa época ya no queda nada”.  Regresaron a casa, le respondo. I’m going home. Sí, me dice, a lo Alvin Lee. El helicóptero de la canción queda zumbando en mis oídos. Imposible juntar a los viejos amigos. Imposible traerlos de vuelta. I’m going home, I’m going home, I’m going to see my baby.

3

Mick Jagger contó alguna vez que junto a Keith Richards recogían botellas en las calles con el fin de agenciarse un poco de dinero para comprar cuerdas para la guitarra. Lo mismo le pasó a muchos bluseros como Ike Turner, Little Milton, Rufus Thomas, B.B. King o ‘Howlin’ Wolf del pobrísimo Sun Studio –donde grabaría Elvis Presley–; quizás Wolf sea la imagen emblemática cuando canta How many more years  (no confundir con How many more time de Led Zepellin) con un puñado de dólares en la mano a la amada que se va: I’m gonna fall on my knees, I’m gonna raise up my right hand/ Say I’d feel much better darling, if you’d just only understand, etc. Del mismo modo, Bob Marley vivía en una choza y, según cuenta su viuda Rita: “solo tenía un par de calzoncillos que –ella– lavaba todas las noches”, jugaba fútbol sin zapatos (la zapatilla siempre fue un lujo para los pobres jamaiquinos) y por eso se pinchó el pie con un clavo oxidado que luego le desencadenaría la muerte.
No obstante, si el rock y sus variantes se iniciaron con los negros cantando spirituals en las plantaciones de algodón y/o en los bajos fondos de la estratificación social, muchos de los principales propulsores y emblemas del rock terminaron compartiendo sus vidas con el jet set o con las alcurnias y realezas de sus tiempos. Mientras tanto, los seguidores y propulsores de este género casi siempre se quedaron en el mismo lugar: detrás de la mampara, a la expectativa viviendo de la gloria de sus ídolos. En suma, el rock contracultural, tal y como afirma Luis Britto García, ya fue absorbido en su totalidad y ahora es una mercancía para canalizar la rabia o el desencanto juvenil y no tan juvenil hacia planos más “estéticos” y/o pintorescos. El simple gusto.
4

En el centro de Lima, era común ver al maestro Rigo arropado con una frazada marca Tigre (o marca Santa Catalina, su verdadero sello), tocando una guitarra despanzurrada. Rigo había formado parte de la mítica banda Los Dollars 500 que asoló los oídos del puerto chalaco en los años sesentas y que –según dicen muchos conocedores—llegó  a grabar un 45. Lo cierto era que Rigoberto fabricaba guitarras, las hacía a medida con o sin palanca; modelos stratocaster, Gibson SG o Ibanez RG, etc., y siempre andaba con bellas mujeres, y sus amistades eran cultísimos anónimos como la filósofa argentina Marissa quien vivía en unos altos a una cuadra del Queirolo del jirón Quilca. Todo era felicidad para él, además de ser admirado por los músicos de la época. Usaba  su cabello largo que acababa en una colita al estilo de la corte inglés  del siglo XVIII. Unas semanas antes de partir nos encontramos en el chifa Hermanos de Jesús María, conversamos hasta las tres de la mañana sobre temas sucedáneos del rock y sobre su lamentable situación económica: estaba durmiendo en un garaje y realizaba algunos cachuelos que apenas le alcanzaban para pasar el día. También hablamos de su hermano, eximio guitarrista Edgar Casas, con quien tenía duelos guitarreros que duraban días o semanas.  Y así nos despedimos con el sonido de los armónicos y el pasito aicidiciano de Angus Young que a veces le gustaba remedar a Rigo. Una noche el sueño se hizo largo y ya no despertó.

5

Alipio agitando los brazos, me vuelve a hablar de Vicente Fú y otra vez en paso xendra volvemos a mediados de los ochentas, parados en la puerta del cine Saenz Peña en el Callao, recién se estrenaba el licor isopropílico Cien Fuegos y los grupos metal de aquella época ya empezaban con el estruendo: Almas Inmortales, Orgus, Anubis, etc.
Los jóvenes tomaban sendas bocanadas de pico del CF. A este oidor se le apagó el televisor, la gitana acompañante le logró despojar de su chamarra de cuero y todo lo que tenía en el bolsillo; y las cosas hubieran llegado a mayores, si Vicente no lo hubiera cargado o llevado a rastras para devolverlo  a La Colmena. Ahí donde los días y las horas se medían con canciones, ahí donde una tarde podía ser The Mule y sus casi 30 minutos de duración o los solos kilométricos de Steve Ray Vaughan o los 55 minutos de Thick as a Brick de Jethro Tull.
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Regresando por la avenida Wilson nos encontramos con el nirvanero Christian que toca canciones con una guitarra eléctrica enchufada a un pequeño amplificador artesanal; también tiene un parante y un micrófono de botellero. A su costado hay un plato de sopa que funge de recipiente para que los transeúntes dejen sus monedas sin interrumpir la música. I’m worse at what I do best/ And for this gift I feel blessed/ Our little group has always been/ And always will until the end/ Hello, hello, hello, how low?
Por la radio anuncian un homenaje y colaboración a Gerardo Manuel, otrora hombre fuerte del rock en el Perú, con su Disco Club y su grupo El Humo; ahora, sin embargo, no tiene seguro y tiene que costear los gastos del señor Parkinson.
El reconvertido al cristianismo y legendario promotor del rock, Lucho Aguilar refiere que Coco Cotos, músico de Los Silverston, se encuentra grave y abandonado a su suerte. Carlos Rodríguez, un viejo periodista y administrador de una galería roquera de la avenida Brasil, me da mayores datos: “Huy, ¡carajo!, me dice –al modo de The Howl de Ginsberg y su visión apocalíptica–, el hombre está mal. Y como él, he visto a muchos roqueros abandonados a su suerte. Sin seguro. Sin jubilación. Lo que pasa es que viven la vida rápidamente sin pensar en el mañana y cuando se les acaba la juventud se quedan en la calle”.
Es hora de regresar a casa. El tráfico atascado por una eventual marcha antiminera obliga al carro a voltear por la Colmena. Viejos recuerdos de neón se esparcen en el aire. Ahí se encuentra otra vez Alipio parado en la avenida haciendo “el remolino”, girando sobre sus macarios con los brazos abiertos y la cara mojada por la lluvia y dando de patadas a sus discos que vuelan en el aire como palomas y que esta vez, con seguridad nadie los recogerá.

*
El streaking fue una protesta de desnudos que sacudió la mojigatería limeña a mediados de los setentas. Consistía en desnudarse en plena vía pública y correr por las calles o cruzar una pista donde lo esperaban los amigos o auxiliares para devolverle las ropas. Uno de los lugares de mayores demostraciones de streaking fue la plaza san Martín. Aunque el principal componente era político –recordemos la guerra fría USA-URSS y que el gobierno militar de Velasco había iniciado las expropiaciones–, muchos solo veían un acto de exhibicionismo muy aprovechado por las revistas de la época como Caretas que mensualmente publicaba su secuencia de fotos de los streakings limeños. Los roqueros de aquellas épocas también se sumaron a las protestas y corrieron desnudos por las principales calles de la capital. Quizás la moda se impulsó cuando en 1974 el actor Robert Opel, en una de las ceremonias del Oscar, corrió sin ninguna prenda detrás del presentador David Niven.
ENTREVISTA PUBLICADA EN LA REVISTA IMPRESA LIMA GRIS N° 6 LA PUEDES DESCARGAR AQUÍ http://www.limagris.com/descarga-la-revista-lima-gris-n-6-con-solo-un-click/
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